Un Caso de Homicidio Justificado

Victoriano: sentenciado, encadenado
Imagen gracias a www.wikipedia.com

El odio que Pedro de Hoyos sentía hacia los indígenas llegaría a hacer que ese individuo se enfureciera cuando Victoriano llegaría a poner en tela de juicio las arbitrariedades sobre la imposición de contribuciones especiales a la comunidad indígena. Iba a ser fecha memorable ese año de 1890 cuando Victoriano fue sorprendido por ese ataque.

Viendo que su vida corría peligro y que un individuo lo atacaba a machetazos trató de esquivar los machetazos como pudo al salir de la silla frente a su escritorio. La trifulca alejaría a los demás ocupantes del despacho, tan sorprendidos como lo estuvo el adalid Lorenzo quien se defendía levantando sillas para escudarlo de los golpes del afilado machete de su agresor.

Mas joven que el iracundo De Hoyos, Victoriano corría en busca de cualquier objeto con que defenderse. Viendo que este hombre tenía graves intenciones en contra de su persona, Victoriano se movía rápidamente. A sus veintitrés años de edad se valía de su agilidad de atleta para esquivar a su agresor. Como tigre montañés evadía los voraces golpes tras golpes del afilado sable agreste que tentaba contra su persona. Claro estaba que el asaltante no se detendría hasta no verlo en una tumba fría.

Entre tanto, el joven Lorenzo pareció haber encontrado un machete que tenía siempre a mano y comenzó, a la ofensiva, a vengarse de ese quien estuvo a punto de matarlo. En su mente era estar vivo o dejarse matar. Una y otra vez golpeaba el joven Victoriano hasta que el agresor, De Hoyos, cae moribundo. Inmóvil, ya estaba seguro de que nunca mas atacaría a un Victoriano Lorenzo.

Sabiendo que la muerte del hombre le traería graves consecuencias, el joven asustado decide correr. Ese día logra escapar de las manos de la justicia y se esconde entre las montañas que conocía muy bien. Pasarían varios días antes que el joven indígena llegara a ver la realidad de los hechos. Luego de meditarlo decide entregarse voluntariamente a las autoridades. Conociendo la hostilidad con que sería recibido Victoriano, sin embargo, decidió darle frente a lo que le había ocurrido.

Victoriano Lorenzo fue arrestado, enjuiciado y condenado a 9 años de prisión. La inevitable y trágica confrontación que había resultado en un homicidio llegaría a ser una gran pesadumbre que hacía que sus pensamientos de remordimiento voltearan a la escena mental del incidente. Sin embargo, en esos momentos de su encarcelamiento, como hombre y líder comunitario, en lo único que pensaba era en sus gentes desamparadas de Coclé.

Encadenado y cabizbajado, las autoridades hicieron pasar el líder comunitario por el pueblo, ese pueblo suyo de quien se apartaba. Entretanto el que se sentía traicionero era ese joven indígena quien la comunidad adoraba. La verdad de los hechos la sabían a esa hora que miraban a su dirigente entristecido y maniatado marcharse apenado por los hechos. Eran eventos inevitables en una región con un historial de siglos de malos tratos e sin sabores por una sociedad en que ellos habían sido como seres humanos los primeros en poblar. Para esas gentes sería, nuevamente, los tiempos de hacer lo que siempre habían sabido hacer mientras esperaban el retorno de su excelso hijo.

Era ese Victoriano el iluminado, brillante y valiente caudillo, defensor de sus gentes. Hombre a quien esperaban crecer en toda su manifestación del destino que se le había impuesto. La grandeza de este dotado hijo de su comunidad, luego de los trágicos hechos, aun no se desarrollaría a plenitud. Por lo tanto, su gente tendría que conformarse con esconderse en las serranías y esperar el retorno del adalid.

Esta historia continuará.

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