El Reo Lorenzo en Chiriquí

Victoriano Lorenzo, “El Cholo de la Negrita” de Coclé
Imagen gracias a: www.mipenonome.com

Lorenzo, el convicto, oriundo de su provincia de Coclé, fue llevado en carreta en un largo viaje de unos trescientos kilómetros hasta lo más extremo del interior del país a purgar prisión en la Provincia de Chiriqui.

Como reo riesgoso iba a tener que pasarse los próximos nueve años de su vida con otros reos quienes eran menos instruidos que él. Lorenzo cuando tuvo la oportunidad demostraba su proeza en el arte de leer y escribir que fue notado de inmediato por los otros reos y la guardia custodia. Estuvo Lorenzo tan lleno de juventud e inexperiencias en las cosas de la vida en prisión que muy pronto se vio reconocido por todos como ese “Cholo de La Negrita de Coclé.” De que era de esa región de Penonomé pareció agradarles a los custodios y lo hicieron su secretario personal.

La “prisión” en Chiriqui en realidad era un almacén de puerto y la vida de reo de confianza sería que desde ese escenario el joven Victoriano Lorenzo aprendería todo lo que tenía que ver con las cuentas de los puertos y con el almacenamiento a escala mayor.

Tan eficiente lograría ser su actuar que se ganaría la confianza de todo el personal de la guardia y de los reos quienes hacían todo lo que El Cholo Victoriano mandaba. Iba esta experiencia a durar los nueve años, una experiencia que mas tarde él usaría para la lucha en que su comunidad se vería enfrascada.

Como reo de confianza tenía ciertos privilegios y en sus horas de descanso sus compañeros convictos lo podían observar absorto en sus lecturas. Lorenzo solía recoger todos los documentos, libros y periódicos descartados y de esa forma iba aprendiendo lo que ocurría en el país además de que podía tener tiempo para serles útil a otros de los compañeros confinados. En esos tiempos de encarcelación Victoriano aprende, además, a ser sastre. Conjuntamente, los otros compañeros le daban la oportunidad de practicar la barbería, cosa que los guardias también llegaron a ocuparlo en hacer para ellos.

Nueve largos años pasarían como una eternidad para el joven Lorenzo quien estuvo cursando sus 32 años de edad, hasta ser dado de alta. La vida en prisión había sido placentera pero habían dejado rastros de una inseguridad y un temor de que volviera a sucederle otro horroroso ataque como el que le había oscurecido la vida en un momento de batalla. Entretanto, daba gracias que aun estaba con vida, aunque todavía pesaba sobre él ese estigma de ser un criminal.

El largo viaje de retorno a casa en Penonomé sería una bienvenida pausa en su vida para calmar sus aprehensiones y, tal vez, permitirle a sus gentes que lo juzgaran por lo que había ocurrido en su vida; ese incidente que había hecho que por fuerza dejara desamparada a su comunidad aun pesaba sobre su mente.

Había sido una injusticia que había penado su vida por más tiempo de lo que debería por ser un incidente en que se tuvo que defender a muerte. En cambio, esa era su suerte, el precio que había que pagar él como cabeza y dirigente de una gente completamente desprotegida. Pensaba en esas cosas cuando ese amor que tenía por su comunidad nuevamente llegaría a surgir en su persona.

A casa se dirigía a vivir lo que viniera para proteger a sus gentes desamparadas de los abusadores. Era él Indígena y Cholo de esa comunidad de “La Negrita de Coclé,” que le daba la bienvenida al arribar al área en que se veían los altos picos de las montañas que parecían estar llamándole con su majestuosa vegetación que las rodeaba. Parecían estarle diciendo, “Victoriano, hijo, ven a casa.”

Esta historia continuará.

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