El Regreso a Casa

Vista de Cerro la Vieja, Coclé
Imagen gracias a www.pty4u.com

La larga travesía desde esa Provincia de Chiriqui había hecho que el adalid recordara sus años de prisión con cierta anhelansia. Al estar pensando en las amistades que había hecho allá y el retorno a su querido Coclé, era para que ese joven reflejara sobre tanta vida experimentada- una experiencia que nunca se hubiese imaginado.

Sin embargo, en rumbo a casa la vida silvestre de sus entornos hacía que la vitalidad dentro de su alma se renovara. Para el joven Lorenzo la campiña panameña había permanecido intacta, ofreciendo esos estímulos a sus sentidos que revivirían sus anhelos a permanecer; para él era si el tiempo lo estuviera esperando. Entre tanto, la aprehensión era de un joven que entraba a su pueblo de Penonomé, ese pueblo que lo hacía siempre recordar que su casa estuvo en la sierra.

No tardarían las noticias en llegar a cada aldea y choza en todas las montañas en que moraban los de la tribu Ngawbé. Todos se habían enterado de que Victoriano estaba en casa y había que celebrar. Victoriano Lorenzo, ese con quien los ancianos hablaban como si hubiera renacido y estado con ellos desde que los tiempos los encontraran en ese edén que ellos en esa hora llamaran Coclé, estaba de vuelta. Ese quien había a una temprana edad sobre salido para ser su guía y campeón, por fin estaba en casa.

Su retorno a casa se estuvo regando por toda la zona como si fuese llamado a reunión importante. De la misma forma silenciosa en que se habían desaparecido de la vista de quienes eran sus enemigos jurados, así mismo retornaron de sus claustros en las cavernas y lugares extremadamente alejados.

En casa Victoriano se había enterado de lo que ocurría por las constantes visitas de jóvenes corredores que se inclinaban en la entrada para avisar: “Las gentes de La Pintada y de la parte de Tabasará están llegando,” le anunciaban con frecuencia. En cambio, el dirigente se detenía en dedicarle tiempo a la pareja de su juventud, a ella quien le había sido fiel por los nueve años en que se había ausentado y la que había conocido desde que eran niños. Ella quien le había visto crecer a ser el gran hombre entre sus gentes a las que defendía con todo su vida le servía contenta de tener su marido en casa nuevamente. Mientras tanto las gentes aparecían expresando sus loores y su gratitud.

Victoriano les hacia expresarse y sabía que eran emociones reprimidas que habían mantenido enterradas en los mas hondo de su ser. Uno que otros quienes habían visto lo ocurrido ese fatídico día del incidente que resultaría en la desaparición de el hombre quien estuvo a punto de matarlo y la aprisionamiento de su jefe lloraban lagrimas de alegría.

Al llegar a la humilde choza del edil, la gente comenzó a traer pencas de palmera, madera y pronto comenzaron el trabajo del restaurar la vivienda de su jefe. Todo el día y entrando la noche trabajaban sin querer molestar a los que estaban adentro de la vivienda. Al día siguiente estarían algunos hombres en la parcela de Victoriano limpiando terreno como para construir viviendas muy cerca de donde estuvo viviendo ese jefe suyo.

Con todo eso Victoriano no les amonestaba ni preguntaba que era lo que estaban haciendo. Algunos eran hombres y mujeres a quien no conocía y de los que conocía muy bien él observaba cercando su humilde choza en preparación de algo que resultaría muy grande para ellos todos.

Día tras día y hasta por las noches se congregaban los indígenas en las afueras de la casa de Victoriano conversando sobre asuntos de gran importancia, mientras que algunos mantenían vigilia toda la noche mientras dormían los huéspedes dentro de la parcela. A la tercera mañana unos trabajadores estuvieron erigiendo algo que parecía ser una adición en que podía toda una comunidad reunirse. Además, techaban varios cuartos de la vieja choza.

Pronto esos de la tribu habían erigido cómodos edificaciones con cuartos amplios, en que podía el jefe usar como oficina y despacho en adición espacios para que pudieran reunirse muchas personas con el edil. En las afueras estuvieron unos jóvenes haciendo trabajo de de repeyo mientras otros preparaban el barro con la tierra para el final embarre y repeyo de las pareces.

El caudillo Victoriano y su esposa en el día de la esperada reunión salían a encontrarse con las gentes de su tribu y comunidad. En esos momentos Victoriano demostraba su elocuencia en ambos idiomas. Primero les hablaba en su lengua nativa Ngawbé y luego lo mezclaba con el español diciéndoles, “No vamos a permitir que nos sigan abusando. Entre tanto, debemos estar en alerta. Les doy las gracias por preocuparse por mis padres y mi querida mujer. Al verlos a ustedes me trae lagrimas de gratitud haber nacido entre mis queridas gentes.”

Aunque la esposa de Victoriano permanecía en un estado de nervios, como si estuviera en espera de algún desastre, su gente la hacían hablar mientras que la rodeaban todas las mujeres de la comunidad. Ella, sin embargo, como toda una indígena, estoicamente decía, simplemente, que estuvo muy contenta de tener a su esposo de nuevo en casa.

Los días no iban a pasar sin que las premoniciones de la mujer del caudillo se hicieran realidad- esa quien era como una Zipora, mujer de Moisés, quien preveía lo que le ocurriría a su marido en el futuro cercano. Veía ella a las gentes partir dejando apologías, como las flores al pie del dirigente dejaban. También notaba que los hombres se habían organizado en bandos para mantener guardianes regularmente en los alrededores del hogar. La esposa del paladín sabía que las gentes reconocían que tenían que proteger a su jefe, su defensor, misión que había adquirido como un don como ellos protegerían a sus familias.

A medida que pasaba el tiempo Victoriano entretenía a las gentes como uno a quien traían sus quejas y demandas. Escribía cartas en nombre de la comunidad quejándose al gobierno central, que siempre estuvo acantonado en la ciudad capital de Panamá. Eran todavía tiempos en que nunca atendían esas demandas y misivas que llegaban del interior de la república.

De hecho, una de esas cartas cambiaría su destino y el de su gente ya que iba dirigida al Vice-Presidente de la república. Este político contestaría la correspondencia en lo positivo. En esencia la carta del querellante estuvo escrita en forma de Memorándum, una forma de escribir entre los funcionarios de alto nivel.

La misiva se refería vehementemente al hecho de que la gente de la región estaba por muchos años sufriendo bajo constante acoso y que habían sido forzosamente obligados a trabajar sin que se les pagara compensaciones por tales labores. Que quienes estuvieron perpetrando esos abusos de autoridad eran funcionarios del gobierno central y de la Provincia de Coclé.

Esta historia continuará.

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