El Caudillo Condenado a Muerte

“Ese Hombrecito Indio” El General Victoriano Lorenzo. Imagen gracias a www.angelfire.com

Los arreglos se habían dado entre los erróneamente denominados Liberales de la ciudad capital de Panamá, y la facción Conservadora, facción que se aferraba a la esclavitud y al centralismo. Ambos bandos, antiguos y jurados enemigos, ahora se unían en su oposición a las gentes criollas de casta considerada baja, las gentes de los arrabales. Esos arreglos que habían sido hechos en secreto habrían de salvaguardar para siempre el clasismo y concertar su alianza para siempre.

Claramente, era más cuestión de clase que de creencias o ideología que consumiría la ira generada por los Liberales, que demandaban la abolición de la esclavitud negrera. Para los de esa clase esa guerra en Panamá y sus secuelas de odio serían borradas con demostraciones en público de afecto y de abrazos de hermandad y de las lágrimas ante el público eran para lavar la sangre vertida en ese Puente de Calidonia poniendo así fin a lo que quedaría de esa misteriosa “Guerra de los Mil Días.” Los generales se habían reunido y habían decidido hacer ese demostrativo en público como recordatorio de que siempre habría ese refrescante genealógico, algo que demostrara sus raises españolas y europeas.

El falso serenar iba a resultar breve cuando las atenciones se centrarían en las humillantes derrotas que sufrieron a manos del Indígena guerrero, ese “hombrecito Indio” que estuvo sentado en el palco público con ellos. Ese hombre quien en esos mismos momentos todavía mantenía ese poder y que podía influenciar a ese pueblo que los aplaudía. De seguro era potencial para causarles muchas pérdidas de vida humana además de pérdidas económicas.

De la Negrita de Coclé era ese indígena dirigente, y era en esos lares en que pensaba el edil recordando que no había mandado palabra desde que se había envuelto en otras cosas en Panamá. Pero los del comando de Coclé esperaban pacientemente palabra del jefe, sin saber que el jefe estaba detenido y encuartelado en las barracas del cuartel en la ciudad de Panamá. Entre tanto los enemigos en esa hora eran los de ambos bandos de generales, la misma gente en que él antes confiaba y había estado apoyando desde ese año de 1900.

Durante su detención Victoriano Lorenzo contemplaba su mas grande error- el de haber aceptado el nombramiento de general. Ahora se encontraba detenido y apresado en manos de reconocidos oficiales de alto rango quienes lo aborrecían, jurados enemigos de la raza Indígena de esa zona del interior del país. Eran los mismos maniáticos homicidas y violadores quienes, además, acosaban en esa hora a sus gentes que lo mantenían encarcelado. Todo lo que podía hacer Victoriano Lorenzo era mantenerse esperanzado y acordarse de sus gentes, personas de confianza junto a quienes había combatido ese vil y canalla ejercito del gobierno.

Atrapado, el edil tenía tiempo para recordar esos tiempos en el campo de batalla en que perseguían al enemigo; recordar como los muchos amigos llegaban al campamento a ampararse y aceptar unirse a la lucha contra los tiranos del ejercito Colombiano. Todo lo que reveía en sus pensamiento eran las muchas gentes de casta baja del pueblo y del ceno del mismo Panamá, panameños todos, negros, mulatos, Indígenas de otros pueblos y tribus, todas gentes reales Panameños.

Eran gentes que habían entregado sus vidas peleando contra los de sus clases en Veraguas y Coclé, gente que había aparecido de todas partes del país. Habían aparecido hasta mujeres y en veces toda una que otra familia llegaba a entregarse a las armas. Eran gentes que él había llegado a conocer durante esos incidentes de guerra y gentes que él había recordado durante esos nueve años de encarcelamiento en Chiriquí. Algunos llegaban Con armas, armas que habían usado cuando eran soldados caídos, élites del ejército Colombiano acantonado en todo el país.

Acostando en ese cuarto que consideraba su celda de prisionero, lugar en que en esos momentos estaba guardado en la entrada, en la calle afuera del edificio, y, al parecer, en todos lados de ese edificio, el General Lorenzo no veía salida alguna. Tampoco tenía manera de hacer contacto con sus tropas ni con sus familiares. Pensaba en esos momentos en la gran decepción en que había caído, en la vil trampa en que había caído. Parado tras las rejas de sus ventanas buscaba alguna persona que pudiera acercarse a conversar con él. Así pensaba hacer llegarles a sus parientes en Penonomé la situación en que había caído. Pensaba en esos “cristianos” en cuyas manos había caído, esos hombres crueles y violentos que siempre habían sido. Recordaba haber sido acólito, monaguillo en Capira, y se le ocurrió pedir ver a su cura confesor, pero su solicitud fue rechazada.

Durante esas horas de tragedia que ese General Indígena estuvo padeciendo en la ciudad capital Panameña, otros “Cristianos” pasaban una tarde amena. Esos eran los que pacientemente esperaban la reanudación de los trabajos de construcción de un Canal. Trabajos que conocían muy bien cuando habían laborado con los franceses. Eran los que mas tarde tendrían algunas experiencias de decepciones parecidas a lo que experimentaba el edil de Coclé.

Para ellos, los únicos negros que, en masa, caminaban libremente las calles de ese Panamá todavía unido a Colombia. Raro le era ver otros negros que no fuesen los de su raza Westindian. Esa Central Avenue sería el único y fiel testigo de lo que le ocurriría a cualquier Negro bajo el sol y las lluvias tropicales de Panamá. Entre tanto ellos no eran Black Panamanian, sino Negros foráneos, fácilmente reconocidos porque hablaban ese English, un patois criollo característico de los ingleses nacidos en las Américas.

En verdad la atmósfera de la ciudad de Panamá de esos últimos días del General Victoriano Lorenzo no iba a reflejar lo que en realidad ocurría en su ceno, detrás de las paredes y puertas del cuartel. En realidad todo el resto del país que no fuese ciudadela en la ruta transitada por el ferrocarril, estaba desértica. Esa región de indios que Victoriano Lorenzo había conocido aparecía como área en Penonomé que antes se avivaba con gentes llegando y saliendo, ahora estuvo como desértica igual que estuvo el pueblo de Penonomé. De hecho, la gente se había escondido nuevamente en espera de retribuciones. Los caminos yacían vacíos por temor a ser asesinados por soldados Colombianos.

En los campamentos de las montañas esperaban las tropas, todavía confiadas de que el dirigente regresara con buenas noticias. Entre tanto, no se prendía fuego de día, y solamente en las noches muy frías se prendía lumbre. Esos lugares secretos en que se guarnecía las gentes de las montañas se mantenían en silencio, hecho que atemorizaba y alteraba a los niños pequeños. Eran cosas que habían aprendido de sus antepasados y la mayoría de las gentes movían sus campamentos ayudados por otros de sus tribus a otras guaridas secretas. Pero el bosque cooperaba en esos parajes montañosos, en que la madre naturaleza parecía estar cuchicheando esa historia oral de un valeroso Indígena General de Penonomé.

Esta historia continúa.

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