General Manuel Carlos Piar (1782-1817) Su Juventud Inquieta e Idealista

Nuestra historia es del General Manuel Carlos Piar (1782-1817) y ha de comenzar con su nacimiento en la isla de Curazao que queda en el mar Caribe, también conocido como el Mar de las Antillas, casi a un costado del país de Venezuela.

La historia, además, nos indica que “Las Indias Occidentales” fue el nombre que los españoles dieron a esa parte del mundo que nuestros ancestros llaman con tanto orgullo los “West Indies.” De hecho, era el área del planeta tierra que los mismos españoles conocían como “Las Indias” y así dieron el nombre de “Nuevo Mundo” a todo un continente que aun, en ese espacio del siglo XV, no habían conocido.

Les tomaría un total de 5½ centurias a esos europeos, ya que los españoles serían seguidos por los demás europeos, para ejercer el total dominio sobre esas gentes. Luego de intentar de subyugar a los primeros habitantes, las gentes nativas, convirtieron su tierra en un gran matadero y fosa de un sinnúmero de inocentes seres. Partiendo de este nefasto genocidio la gente de esa parte del mundo se convertirían en la raza Negra africana, gente que, perdiendo todo conocimiento de su cultura Africana, se identificarían como West Indian o Caribeños.

A medida que fue pasando los años esa parte del mundo llegaría a representar para los europeos, y para todo el mundo conocido, las riquezas de los reinos de Europa. Entre las vastas tierras de su dominio uno de los lugares que ellos celosamente guardaban y controlaban era la isla de Curazao. Las gentes de ese Ponto, o mar caribe, se transformarían, pues, en la posesión mas valiosa de los europeos.

Entre tanto, en ese ambiente colonial, para una familia singular el nacimiento de un varón sería un evento notable, una bendición para tanto la línea materna como para la del padre. El año era 1782 y el infante sería nacido hijo legítimo de su madre, Isabel Gómez, una mujer mulata nativa de esa isla. Al niño lo bautizaron Manuel Carlos, y siendo reconocido por su padre, Fernando Piar, ciudadano Español oriundo de las islas Canarias, llevaría la distinción de su linaje paterno. Don Fernando Piar era capitán de naves y pasaría la mayor parte de la infancia de su hijo viajando por tierras lejanas.

A pesar de los orígenes de su madre, mujer de parentesco africano, que en ese espacio de nuestra historia, eran gente cautiva, el Capitán Fernando Piar consentía a su hijo, Manuel Carlos, el mismo que luego conoceríamos en la historia de todo un continente como el “Libertador de Venezuela.”

En las crónicas del país de Venezuela aparecerían sus ideas y sus hazañas que lo colocarían como parte íntegra de la historia patria. Estos documentos históricos darían fiel testamento en el país de Venezuela a las fervientes creencias del joven Manuel Carlos y de cómo daría su vida por sus ideales en contra de la esclavitud por los cuales lucharía ferozmente toda su vida. Fue esa pasión por el tema de la esclavitud que llevaria al joven de no mas de los dieciocho años de edad a ausentarse de su hogar paterno para nunca mas volver.

El joven, Manuel Carlos, por razón de su condición de hijo de español, no tenía la necesidad de alistarse en lucha armada alguna. Pero, su fervor de hombre sumamente criollo, nacido en una era en que el tema de la libertad estaba en la mente de muchos jóvenes de su clase, lo impulsaba a sumarse a la lucha. De hecho, el joven Manuel Carlos, estaba de aprendiz en navegación en las naves que capitaneaba su padre y, aun en esa tierna juventud, ese joven demostraba sus talentos, no solo en la profesión de navegante, sino también en a la causa de la libertad de sus gentes criollas.

En realidad su madre, Doña Isabel, una mujer sufrida por ser de raza negra, era despreciada en muchos círculos de la elite. Su hijo quien naturalmente simpatizaba con los ideales de su madre, había aprendido a las faldas de esta maravillosa mujer el repudio al odioso sistema de esclavitud que en esos tiempos dominaba sus pensamientos.

El joven Manuel Carlos vislumbraba luces de nuevos días, tiempos en que para toda la humanidad habría una vida nueva y digna. Vida en que todo el mundo que los rodeara fuesen iguales y valorados por sus destrezas en sus respectivos campos de actividad. Además, el joven Piar llegaría a ser sumamente inteligente y un letrado intelectual que solía devorar la biblioteca de su padre. Día a día practicaba la esgrima con otros jóvenes, y con su padre conversaba sobre la historia y las matemáticas.

Serían esos días de su juventud en que observaría lo mas horroroso de la vida en esclavitud de los de su raza y aquello lo consumía. Eran tiempos en que la isla de Curazao hubiera cambiado una y otra vez de manos de los príncipes europeos; de aquellos que se coronaban en sus países y recibían los frutos de las Américas, gentes que realmente muy poco les importaba.

Entre tanto, las noticias llegaban al nuevo mundo de lo que parecía entretener a los principados y la nobleza europea. En boca de todos estaban las guerras costosas que despilfarraban los tesoros de reinos enteros, manteniendo en las tierras Americanas súbditos dispuestos a seguirles costeando esa vida que soportaba un sistema en contra del pueblo criollo.

En sus años de mocedad ese joven se sensibilizaba más y mas al vivir viendo angustiada a su madre. Al parecer, Doña Isabel se pasaba sus días entristecida por ese tema de la esclavitud. El niño habría de conocer íntimamente la melancolía de su madre ya que, aunque reconocida como señora de casta, que pareciera poder pasar por mujer blanca por estar asociada con un marido de la raza blanca, sin embargo sufría el rechazo de la casta blanca. Puesto que su hijo había heredado ese amor por el mar como hacia su padre, se comenzó a alejar más y mas de su casa y del ambiente deprimente de su hogar. Adiestrándose de capitán al lado de Don Fernando Piar, llegó al rango de alférez en poco tiempo.

Esas ansias de abandonar el hogar y su querida isla en que era estimado como hijo de uno de los más conocidos terratenientes, y el profundo respeto de sus vecinos, pareció no importarle al joven Manuel Carlos, quien pronto abandonaría los beneficios que le daba aquello de ser parte de la clase dominante. Habría que reconocer que aunque los parientes de su madre, además de ser de la casta de mulatos conocidos como los “Pardos,” quienes eran reconocidos y aceptados por el color de su piel como “casi” blancos, aquello que los hacía “pasar” fácilmente como los de la clase blanca, era también lo que servía para negarles total aceptación en los rangos de la elite.

Del mismo modo que Manuel Carlos adoraba a su madre no se encontraría en él ese fuerte apego a su tierra y a su hogar. Pues, se había desarrollado en ese joven un intenso odio por las clases privilegiadas a que él pertenecía por nacimiento. Las mismas clases privilegiadas que se anidaban en el sistema que le causaba tanto sufrimiento a otros seres humanos con iguales derechos a la vida y al trabajo. Ese odio al sistema esclavista, sin embargo, no detendrían su amor por la libertad que lo consumía.

Claramente, su odio por ese sistema denigrante lo llevaría a casi olvidar que era uno de los del linaje de los Soublette, quienes podían pasar por nobleza en ese pequeño principado del caribe que era la isla de Curazao, esas tierras que llegarían a ser dominada por la corona Holandesa en esos entonces.

Esta historia continuará.

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